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Testimonio de una respuesta

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Deseo haceros partícipes de mi experiencia misionera. Mi nombre es Carmen Señor, vallisoletana de nacimiento aunque de corazón mi casa es el mundo. Soy religiosa Sierva de Jesús.

Me acuerdo que cuando entré religiosa sólo deseaba dos cosas: primero un amor que nunca se acabase y segunda, que todo el mundo fuese mi casa. Y parece que el Señor ha querido que esto fuera realidad en mi vida porque soy peregrina, ya que llevo la mitad de mi vida viajando. He querido y buscado que estos viajes no sólo consistieran en un desplazamiento geográfico, sino en un camino al centro del corazón de la gente que he ido encontrando. Esta trayectoria ha sido también un recorrido del alma.

He descubierto y seguiré descubriendo el mundo, he descubierto y seguiré descubriéndome a mi misma y sobre todo, descubro cada día el Amor infinito de Dios.

He visto cómo el hombre se encuentra viviendo un momento de intensos cambios a todos los niveles, con aciertos y desaciertos, como expresión de un período de gestación de un mundo que sigue con dolores de parto buscando caminos de verdadera felicidad.

El mundo está hambriento de hombres y mujeres que desde lo íntimo de su corazón deseen optar por algo grande. El mundo nos necesita. Estamos aquí para una misión importante. La de hacer presente el Reino que Dios vino a instaurar, este Reino de Verdad, de Justicia y de Amor. Y cuando uno ve que en tantos hermanos nuestros este Reino está tan pisado, tan roto, tan devaluado, tan ultrajado, ¿qué es lo que nos pasa que nuestro ser no arde en celo por su Reino y su Justicia? Mirad, he visto como hombres y mujeres morían solos, cómo enfermos y niños no tenían a nadie que les cuidase o diese una medicación. He visto al hombre sin rostro humano.

Vi una mujer, no era mayor, que llevaba quince días sin comer metida en un “cuchitril” tan pequeño como su cuerpo. Cuando llegamos la sacamos a la calle y allí la empezamos a curar. Al terminar el trabajo, esta mujer sonrió y dijo “Gracias”. Así murió, con esa sonrisa y esa acción de gracias. Y mientras la cuidábamos pudimos ver cómo se preocupaba más de nosotros que de ella misma, que feliz moría por verse atendida.

También nos dimos cuenta de que en esa sonrisa estaba dibujado el rostro de Dios, dándonos las gracias por atender a su Hijo en la persona de aquella mujer.

¡Cuánto recibes a cambio de un poquito que das! No cabe nada más en el corazón que agradecimiento y paz.

He visto a muchos leprosos que ni quieren acercarse a ti por miedo a contagiarte y de lejos con su mirada gritan pidiendo ayuda.

Pero, ¿dónde se encuentra un corazón dispuesta a comprometerse con los pobres, con los privados absolutamente de todo? Los enfermos, los pobres…. sólo piden un corazón que se comprometa a ayudarlos. Quien sufre sólo necesita a alguien con quien compartir tanto los momentos alegres como los tristes.

Los pobres y enfermos son como los profetas, nos desafían a cambiar de vida: a adoptar como estilo de vida la amistad, a compartir a perdonar.

Misteriosamente, los débiles enseñan a los fuertes a amar, a ser vulnerables. Ellos sacan de nosotros nuevas energías y nos hacen desarrollar los oídos y los ojos del corazón.

Los pobres y los enfermos se parecen a Jesús desde el día de su nacimiento. Los pobres son generalmente silenciosos, están ocultos de las multitudes y de la sociedad, en los hospitales e instituciones, en chozas o en un monte. Y Jesús vive en el silencio de la Eucaristía. Por eso, debemos prestar mucha atención para oír su llamada. Si dedicamos tiempo a escucharle, Jesús nos tocará el corazón, porque El nos pide el compromiso de una relación de ternura y fidelidad, aunque ésta no esté de moda.

Que a través del corazón de los discípulos de Jesús, todos puedan descubrir el Corazón del mismo Dios.

¡Que Dios nos bendiga y nos haga compasivos!

Sor Carmen Señor Sierva de Jesús


Martes 30 de agosto de 2011, por Siervas de Jesus

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