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Tiempo de gracia

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Junto a mis hermanas de Noviciado y Madre Blanca viajamos el pasado 11 de septiembre a Bilbao con motivo de la celebración del Bicentenario del nacimiento de D. Mariano José de Ibargüengoitia.

Las cosas no pasan por casualidad, y no es casualidad que ahora aparezca la oportunidad para nuestra pequeña comunidad del Noviciado de viajar a la Casa Madre, de celebrar el Bicentenario de Don Mariano profundizando así en su vida de santidad, de acudir a la ciudad y a la casa donde nuestra Madre fundadora comenzó su camino de abandono y entrega al Señor. ¡No es casualidad, por supuesto que no! Es un derroche de gracia para todas en general y cada una en particular.

Ahora, muchos años después de la fundación de nuestro Instituto, un grupo de jóvenes deseamos también responder a la llamada de Dios, al igual que años atrás respondía Santa Mª Josefa con un grupito de chicas jóvenes. Y qué mejor manera de hacerlo que empaparnos de ese mismo Espíritu que las abrasó y las condujo a los lugares de la fundación.

Ha sido un verdadero regalo de Dios, un tiempo de gracia que según pasan los días voy degustando más. He regresado a Madrid llena de fuego, de entusiasmo, de fuerza. Ahondar en la vida de Don Mariano José me ha hecho ir re-descubriendo cómo un alma entregada a Dios es capaz de escuchar la voz del Espíritu avivando así la fe, la esperanza y el amor de muchos.

Me siento profundamente interpelada por el sentimiento que descubro en él de inconformismo. Con su mirada adelantada a los tiempos que corrían busca continuamente obras que vayan dando respuestas a las necesidades concretas que descubre en su caminar. Inconformista con lo que ya existe, con la comodidad… siempre con un deseo de más, de algo mejor, de entregarse más, de ofrecer más, ¡Esto me interpela y me entusiasma! Y descubro que es el denominador común a todos los Santos.

Descubro que nuestro Dios se rinde ante un alma humilde y que la humildad y el servicio es el único camino que he de escoger. De ahí la máxima de Sta. María Josefa que cada día al bajar las escaleras de la Casa Madre leía “Más vale un átomo de humildad que una montaña de buenas obras”.

Durante estos días, a parte de la Casa Madre, visitamos nuestras distintas comunidades: La Residencia de ancianos, el Sanatorio Bilbaíno, el Centro de enfermos de Sida, así como los lugares más representativos: la Basílica de la Virgen de Begoña, la Catedral, las calles de Bilbao. Todo nos hablaba, el corazón parecía una esponja con deseo de aprender, de sentir, de conocer, de empaparse.

No puedo dejar de escribir acerca de la acogida que hemos recibido de nuestras hermanas. Al llegar a Casa Madre el primer día nos dijeron “Estáis en vuestra casa, la Casa Madre es casa de todos”. Efectivamente así nos hemos sentido, en esta y en todas las comunidades que hemos visitado… han encontrado el tiempo para sentarse con nosotras, para compartir, para ilusionarnos, para animarnos, para enseñarnos la misión, y para hacernos saber que todas nos mantenemos unidas en la oración… ¡y eso es precioso!

Algo me llamó especialmente la atención y verdaderamente me interpeló mucho. Nuestras hermanas enfermas, han sido para mí el mayor de los testimonios que he visto o escuchado. Un verdadero testimonio que no requería de palabras. Quizás más de la cuenta mis ojos iban tras de ellas… y es que no ha habido un minuto que no las haya visto sonreír y ser las primeras en servir a las demás, en asegurarse que todas estábamos bien, en salir a dar un paseo con nosotras y contagiarnos el amor a Jesús, a nuestra vocación, el amor a la vida que como decían ha de pasar por la radicalidad, la confianza y la alegría, tanto más en los momentos de sufrimiento y enfermedad. Gracias, porque todo ello interpela a mi persona, a mi manera de vivir.

En la Casa Madre, en los ratitos libres visitaba el “Cristo de la Salud” siempre fue mi rincón favorito, y cuánto más en este segundo viaje a la Casa Madre. Allí, frente a ese Jesús hace 2 años y medio, sin pertenecer todavía a las Siervas de Jesús, me quedé maravillada y decidí fiarme de aquellas palabras que oía en mi corazón “salta y confía”. Allí salté, me fié, di el paso de responder a su llamada, el paso a ser Sierva de Jesús que ahora en este segundo viaje no he cesado de agradecer. Allí empezó mi camino en el que cada día me descubro más feliz. Fue el mayor momento de gracia que he experimentado en este viaje, volver a arrodillarme en el mismo lugar, y pasar por el corazón como el Señor ha ido obrando en mí, y como aquellas palabras que me dirigía-“confía” – se han manifestado cada día.

“El sepulcro de nuestra Santa Madre”, mi otro rinconcito. Para mí ha sido una gracia experimentar que lo que en el primer viaje "no me hablaba" ahora si lo hacía, de una forma quizás sencilla pero penetrante. No se cómo expresarlo… pero ¡por primera vez me sentía su hija…me sentía una Sierva de Jesús que deseaba, que deseo vivir con la misma pasión y radicalidad el Evangelio! Si tuviera que describir con pocas palabras que huella ha dejado en mi este viaje, diría que un deseo de santidad que me sobrepasa.
Allí ante el sepulcro uno descubre que no son deseos idealistas, ¡¡¡NO!!! Son deseos que el Señor pone en el corazón, y que si los alimentamos cada día y con la gracia de Dios trabajamos por ellos con plena confianza y humildad, Él mismo se encargará de hacerlos realidad, como lo hizo con Sta. Mª Josefa y con D. Mariano José.

Volver a la Casa Madre ha sido el mayor regalo, así como el poder asistir a las celebraciones del Bicentenario: Las hermosas conferencias sobre Don Mariano José a cargo de Don Ander Manterola Aldecoa, del Instituto Labayru y de la Postuladora de la Causa, Madre Blanca Alonso que nos habló sobre el Proceso.

Pero el broche de oro fue la Eucaristía del día 13 en la Catedral de Santiago en memoria de Don Mariano José, que fue presidida por el Exmo. D. Mario Iceta, Obispo de Bilbao con quien concelebraron 17 sacerdotes. La catedral estaba llena de Siervas de Jesús y de otros religiosos a los que D. Mariano facilitó el asentamiento en Bilbao, además de numerosos amigos que nos acompañaron en la eucaristía.
Como dijo nuestra Madre General, María Soledad García en sus palabras de agradecimiento a los asistentes a la Catedral:
Ahora, sigamos dando a conocer a Don Mariano José para que su nombre sea invocado y un día la Iglesia lo proclame santo para mayor gloria de Dios.

Hna. Esmeralda Domínguez. S. de J.

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