150 Aniversario

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Hilo de Oro

Abril 2021

Testigos

La Iglesia primitiva, tenía una palabra para definir a los cristianos que cuando arreciaban las persecuciones, habían confesado la fe en Jesucristo hasta el punto de dar la vida por El. Esta palabra era testigo, que en griego se dice MARTIR. Las Siervas de Jesús tenemos también nuestros testigos heroicos, nuestras mártires. No han derramado su sangre, pero han dado la vida cuando los momentos difíciles pedían una respuesta sin paliativos. Y ellas han respondido con coherencia.

Es una lista cortita, pero muy impresionante. Son Siervas de Jesús que saben lo que se están jugando en un momento crucial, y tienen la valentía de no retroceder, de no esconderse, de no tirar por la calle del medio, sino de afrontar, sin miedo o con miedo, la responsabilidad que conlleva la opción que hicieron un día. Son personas jóvenes, ninguna tiene más de 40 años. Algunas, muchos menos. Vamos a conocerlas, para que podamos admirarlas, quererlas e imitarlas, pues son también nuestras Hermanas.

La primera de ellas, en orden cronológico, es Sor Mª Jesús Zabala Arroniz. Era una de las primeras novicias de Santa Mª Josefa. Había nacido el 20 de febrero de 1843 en la anteiglesia de Castillo Elejabeitia, muy cerca de Bilbao, y tomado el hábito el 25 de noviembre de 1875. Murió el 29 de abril de 1882, contagiada por los enfermos que asistía durante la peste de Bilbao.

Sor Mª del Carmen Iparraguirre Lagarrinaga, nacida en Elorrio, Bizkaia, el 4 de enero de 1850, había tomado el hábito en Bilbao el 3 de febrero de 1879. Destinada en Logroño, fue la primera superiora, y murió el 1 de septiembre de 1885, contagiada de cólera por el enfermo que asistía.

Sor Providencia Recio es la siguiente. Había nacido en Burgos en 1857. Tomó el hábito en Bilbao, el 9 de septiembre de 1883. Destinada al hospital de Miranda de Ebro, ejercía el cargo de superiora de la comunidad al estallar la epidemia de cólera morbo de 1885. Murió el 12 de septiembre de 1885, contagiada por el enfermo que asistía.

Sor Dolores Maiztegui nacida en Durango, Bizkaia en 1861 y Sor Umbelina Berriain nacida en 1865 en Arnedo, la Rioja, morirán en Murcia, el 8 y el 22 de agosto de 1887, contagiadas asistiendo a los enfermos de tifus que asisten. Las dos tienen el presentimiento de que se van a contagiar y a morir, y así es. Pero no se acobardan. Solo piden a las Hermanas que no lloren, porque se van al cielo.

Sor Dulce Nombre Mediavilla era de Burgos y Sor Cristobalina Martinez de León. Destinadas en Castellón de la Plana, cuando llegó la epidemia de cólera morbo allí en 1891, todas las Siervas de la comunidad querían ir a asistir a los coléricos, por lo que hubo que rifar, y les tocó a ellas. Antes de salir de casa, ofrecieron su vida al Señor para que terminara la epidemia. Fallecieron contagiadas por los enfermos que asistían.

Sor Erundina Martinez, de Burgos, murió en La Unión, el 11 de febrero de 1910, a los 35 años, contagiada de tifus por asistir a una familia enferma. Había venido desde la comunidad de Palma de Rio para ayudar unos meses en el hospital, pero allí le esperaba el Señor para premiar su generosidad.

Sor Mª Desideria Hurtado González, nacida en 1876 en La Rioja y Sor Isabel Vea Uriarte, nacida en Jugo, Alava, en 1899, fueron destinadas a Chile. En la comunidad de Chillán ejercían la asistencia a los enfermos, cuando el 24 de enero de 1939 se produjo un fuerte terremoto. No abandonaron a sus enfermas, y prefirieron permanecer a su lado, a pesar del riesgo de morir aplastadas por los escombros del edificio. Las dos fueron encontradas junto a las personas que asistían cuando se pudieron retirar los cascotes del derrumbe.

Por el momento, hasta aquí llega el plantel de nuestras mártires de la caridad. Eso no quiere decir que esté terminado. La lista puede continuar, pues las Siervas de Jesús seguimos abiertas a prolongar nuestro carisma de Amor y Sacrificio, y a hacer realidad las palabras de Jesús: No hay amor más grande que dar la vida por quien se ama.

Sor Itziar Elguea Isasi, Sierva de Jesús

Marzo 2021

Un equipo de trabajo

Como todas sabemos, para poner en marcha un proyecto importante, lo mejor es buscar colaborado-res eficientes. Claro que esos colaboradores no están siempre a la puerta de casa, esperando que les llamemos.
Cuando se trata de las cosas de Dios, es El quien va suscitando las personas que mejor se adaptan a sus fines. Y son las que pueden parecernos más inesperadas. Ya lo decía San Francisco de Asís: Yo deseaba vivir según el evangelio de mi Señor Jesucristo, y luego, El me dio hermanos.
También a las Siervas de Jesús, Dios nos ha dado hermanas. Y en estos últimos tiempos, hermanos.
A Mª Josefa Sancho de Guerra, pronto de le acercaron algunas hermanas de su comunidad, que se sentían atraídas por algo indefinible de Dios que ella trasparentaba. Eran pocas, un puñado que deseaban compartir el sueño que todas llevaban dentro del alma. Merece la pena que las vayamos viendo de cerca, porque son los primeros eslabones de nuestra historia.

María Sacramento Miguel y Mansilla, había nacido en Mansilla, Burgos en 1846. Estando en Ma-drid, en la congregación de las Siervas de María, se unió al grupo que después serian las Siervas de Jesús, y fue la colaboradora más fiel y decidida de Mª Josefa. Buena administradora, con mucho sentido de la economía, desde el primer “capitulo general” del 21 de junio de 1875 se hizo cargo de los dineros de las Siervas, y siempre demostró tener buena mano. Mª Josefa le confió varias funda-ciones, y desde la casa de Oviedo, de la que fue superiora bastantes años, desplegó una actividad incansable con los enfermos. Murió en Oviedo, Asturias el año 1924.

Concepción Dávila, era natural de Arévalo, Avila, donde nació en 1847. Junto con Mª Josefa y Mª Sacramento participó en el famoso viaje a Bilbao en el que el cielo de la fundadora se llenó de nuba-rrones y ésta no descubría el plan de Dios. Su cercanía y ayuda fue providencial para la Santa Ma-dre, pues sus dos compañeras sostuvieron su ánimo y juntas comenzaron la pequeña obra que habían visto brillar en sus corazones. Durante mucho tiempo dirigió la comunidad de Castro Urdiales, en Cantabria, en donde murió en 1900.

Soledad Galarraga, era guipuzkoana, nacida en 1834 en Bidania, muy cerca de Tolosa. Se incorporó al grupo fundacional de las Siervas de Jesús en febrero de 1872, y llegó a la calle de la Esperanza de Bilbao con mucha ilusión. Al abrirle la puerta, Mª Josefa la abrazó y le dijo que la había traído “para cosas grandes”. No se equivocó. Durante muchos años dirigió la comunidad de Logroño, en La Rio-ja, en donde falleció en 1927.

Mercedes Eguren, había nacido en Elorrio, Bizkaia en 1848. También era del grupo que seguía con interés los proyectos de Mª Josefa en Madrid. Salió con el resto de sus compañeras de las Siervas de María, pero tuvo necesidad de una temporada de reposo en Elorrio para reponer su salud. Mª Josefa la llamó, como a Soledad Galarraga, cuando el Obispo de Vitoria le informó que era necesario un número de cinco hermanas como mínimo para empezar canónicamente la nueva congregación. En la casa de Totana, en Murcia, falleció en 1927, después de una vida entregada a Dios y a los enfermos.

D. Mariano José de Ibargüengoitia, era párroco de San Antón en Bilbao cuando el grupo de Siervas de Jesús en proyecto llegó a Bilbao. Será el sacerdote que Dios puso en el amanecer de las Siervas de Jesús. Con su consejo, sabiduría y espíritu de Dios, llevó adelante aquel pequeño grupo que deseaba hacer algo por servir a los enfermos como Jesús, siendo “Buenas Samaritanas”. En todo momento estuvo al lado de Santa Mª Josefa y de sus hijas, hasta el punto que puede considerársele como Padre y cofundador del Instituto.
En esta pequeña cadena de seis eslabones, encontramos que el Hilo de Oro de Dios brilla con un resplandor que nos señala una ruta segura a las Siervas del Tercer Milenio. Como vemos, todos son personas sencillas, que no tienen proyectos propios, sino que les domina el deseo de servir, como Jesús. Y hacer lo mismo que El: pasar por el mundo haciendo el bien.

Sor Itziar Elguea Isasi, Sierva de Jesús

Febrero 2021

La forma del molde

La Madre Fundadora se nos aparece como una figura deslumbrante, siempre dispuesta a seguir la voz de Dios. Algo parece empujarle, como si viera lo que nosotros no vemos, y tiene algo que la hace distinta de las demás. Ese “algo” indefinible pero cierto y evidente, podemos darle el nombre de “carisma”. Pero, ¿qué es el carisma?
San Pablo lo describe como un don gratuito que Dios concede a algunas personas en beneficio de la comunidad.
En efecto, la Iglesia, a través de las obras de misericordia, sale al paso de las necesidades del hombre para prestarle alivio. Y para ello, se vale de la acción personal de hombres y mujeres movidos por la fuerza del Espíritu.

Es el Espíritu Santo quien infunde en el alma del fundador un especial don de gracia: el carisma, que no es solo para sí mismo, sino para edificación de la Iglesia. El fundador no recibe el carisma solo como un don de gracia personal; lo es personal, pero está destinado al bien común, y a ser participativo, ya que a ese mismo carisma va unida una misión, que será la encomendada a los que Dios llame a formar parte del mismo.

Ya vamos concretando cosas:
 El carisma es un don gratuito de la gracia de Dios
 El Espíritu Santo lo infunde a ciertas personas
 Está destinado al bien común, aunque es algo personal del que lo recibe
 Es eminentemente participativo, pues se comunica también a otras personas
 Al carisma va siempre unida una misión, que es edificar la Iglesia del modo que el Espíritu impulsa
 Todas las Siervas de Jesús, participamos del mismo carisma de nuestra Madre Fundadora y él nos hace ser distintas y singulares en medio del conjunto de las demás congregaciones religiosas
 El carisma de Santa Mª Josefa, es el “molde” que nos configura como Siervas de Jesús.

Por lo tanto, podemos decir que el Espíritu de Dios infundió en el alma de Santa Mª Josefa un carisma de caridad para bien de la Iglesia, y este mismo carisma sigue vivo y operante en nosotras, las Siervas del tercer milenio.
El carisma siempre da origen a una corriente espiritual, que es el modo de vivir y actualizar continuamente las gracias necesarias para llevar a cabo la santificación de los miembros y las obras de apostolado, dentro del sentir y vivir de la Iglesia.

Toda esta teología, las Siervas de Jesús la resumimos en una frasecita corta, que reúne toda la sustancia de nuestro carisma: “Amor y sacrificio”. La aprendemos desde que entramos en el noviciado, y la vamos haciendo vida cada día en el cumplimiento de los pequeños servicios que nos encarga la comunidad. Y podemos decir, que con el paso de los años, si somos fieles a nuestra llamada, esa frasecita, que es nuestro lema, actuará como un verdadero martillo pilón, hasta hacernos Siervas de Jesús de cuerpo entero.
Para quien no sepa lo que es un martillo pilón, le adelanto la definición: es aquel artefacto que sirve para machacar clavos grandes, y también para ayudar al cincel a quitar lo sobrante de piedras o maderas duras, hasta conseguir dar la forma que se desea al material que se trabaja. O sea, que nosotras somos el material, y nuestro lema, la herramienta que nos trasformará en auténticas Siervas de Jesús. Y como se puede comprender, el martillo pilón no es nunca de terciopelo, sino de buen acero, pero tiene una eficacia magnífica, pues nos da la forma del molde de Santa Mª Josefa.

En todas nuestras casas, encontramos Hermanas que se han dejado trabajar por el martillo pilón. Es fácil descubrirlas, porque irradian amor, serenidad y sabiduría, aunque puede ser que nunca hayan pasado por la universidad. Las Hermanas mayores, son casi todas buenas “piloneras”. Por eso, sería bueno que las que no hemos llegado a su edad, nos aprovecháramos de su sabiduría, les hagamos preguntas, les pidamos que nos cuenten sus experiencias. Seguro que se nos irá “pegando” algo de sus enseñanzas, y aunque solo sea que se nos quite el miedo al martillo, que siempre nos asusta, ya será mucho. Pero en realidad, es un martillo de amor, porque la mano que lo maneja, es la de un Dios Padre que nos ama.

Sor Itziar Elguea Isasi, Sierva de Jesús

Enero 2021

Las sorpresas de la vida

Muchas veces pensamos que Dios ha hecho bien en no dejarnos ver la cantidad de acontecimientos de nuestra vida, de la de cada uno, porque si supiéramos todo lo que nos espera… a lo mejor no querríamos saber nada.

Las Siervas de Jesús tampoco pensaban que se les podría complicar tanto la vida. Ellas lo que querían era cuidar enfermos, acompañar a las personas en sus últimos momentos, prepararles a recibir los Sacramentos, en fin, ser Buenas Samaritanas. Pero resulta que ser Buen Samaritano, no es tan fácil ni tan poético como pudiera creerse. Para empezar, ellas eran pocas. Al principio, solo tres. Después llegaron las otras dos compañeras que se habían “apuntado” a la experiencia. Y cuando se encontraban reunidas se les añadió otra compañera del todo inesperada: una guerra.

Las guerras nunca son nada bueno. Siempre vienen acompañadas de un sinfín de calamidades. Para empezar, bombas, heridos, destrucción, muerte. ¿Cómo pensar que en medio de semejantes horrores puede estar escondido ningún Hilo de Oro? Pues lo está. Solo hay que dejar que actúe, y que siga tejiendo su trama. Es un misterio, como todos los que tejen nuestra vida.

Ya fue bastante que ninguna de las cinco primeras Siervas de Jesús resultara “herida en combate” cuando salían cada noche a asistir a los enfermos por las calles oscuras de Bilbao, entre el silbido de las balas que les acompañaban al cruzar el puente de Cantalojas, o entre los soportales de Belostikale. Y luego, la falta de descanso, de comida, y el miedo a que una pared se derrumbara a su paso y las dejara malheridas. Pero encendamos una linterna, y vamos a mirar el panorama desde dentro. Ese panorama se va a repetir en los 150 años siguientes, con algunas variantes.

Para empezar, las Siervas de Jesús van a recorrer los caminos de España, buscando a los enfermos. También podemos decir que son los enfermos los que les van buscando, y les llaman para que acudan hasta ellos. Hay una simbiosis entre las dos realidades: Siervas – enfermos que no se interrumpe nunca. La Madre Fundadora, a la que ya vamos a llamar por su nombre, Santa María Josefa, envía a sus Religiosas hacia todos los puntos cardinales del mapa. Parece que le llueven las peticiones, y ella encuentra respuesta a todas. También tiene una pequeña “ventajilla”, y es que tiene lista de espera de candidatas para ingresar al Instituto. Mª Josefa considera la abundancia de vocaciones como una señal de que Dios tiene urgencia en que los enfermos sean cuidados, consolados y asistidos. Pues allí están ellas para dar respuesta a esta llamada.

Si pensamos un poco, y vamos rastreando los pasos de las Siervas, encontramos que siempre hay alguien que las quiere tener cerca: una familia, un pueblo, un grupo de vecinos, sacerdotes que necesitan “zapadoras” que les preparen el terreno cuando se encuentran con enfermos difíciles que rechazan los últimos sacramentos, etc. Y ellas lo consiguen. ¿Cómo es posible? Son todas jóvenes, la mayoría sin experiencia en situaciones difíciles, el trabajo es durísimo, a menudo se encuentran solas, pero pueden. Muchas veces, ni ellas mismas saben cómo. Claro, es la Providencia, no son ellas, por eso no se explican tantas maravillas.

Cuando dejamos que Dios sea el que lleve el mando de nuestro barco, las cosas funcionan. Es verdad que hace falta una fe a prueba de bomba, porque Dios tiene la costumbre de venir disfrazado de los ropajes más inesperados. Tener una vista entrenada en descubrir que bajo el disfraz está esa Presencia, es tarea de toda la vida. Un truco para ello: si en medio de las circunstancias peores tenemos paz, es señal inequívoca de que estamos viendo la centellita pequeña de algún Hilo de Oro. Por allí se encuentra la salida del laberinto.

Sor Itziar Elguea Isasi, Sierva de Jesús

Diciembre 2020

Pequeños acontecimientos

La vida no nos presenta sus retos todos juntos, sino de uno en uno. Como si fueran pequeños pasos. Crecemos poco a poco, adquirimos conocimientos poco a poco, descubrimos la vida poco a poco. Eso mismo sucede a Mª Josefa. Poco a poco va descubriendo lo que Dios quiere de ella. Pero no se lo desvela Dios personalmente, sino a través de acontecimientos, personas y circunstancias que le marcan el camino.

¿Cuáles son esas pequeñas señales? Empiezan sencillamente: Unas compañeras de comunidad, unos ratos en que hablan entre ellas, unos deseos que comparten: ¿Y si ellas fundaran una congregación religiosa más acorde con los deseos que sienten? Y aquí empieza todo. Son todas jóvenes, pero decididas a hacer algo grande con sus vidas. Mª Josefa se siente identificada con ellas, y entre todas, trazan un plan. Pedirán la dispensa de los votos en la Congregación de las Siervas de María, y después…Dios les irá marcando la ruta. Y así lo hacen. Una vez en posesión de la dispensa legal que les desliga de sus compromisos anteriores, deciden buscar apoyos, y piensan en Barcelona como posible meta.

Cuando Mª Josefa menos se lo espera, le visita un sacerdote conocido suyo, D. Domingo Retolaza. Es de Vitoria, y ella le cuenta sus planes de ir a Barcelona para fundar allí una nueva familia religiosa. Le dice que lo encomiende a Dios, y este acepta. A los tres días, el sacerdote regresa con la noticia de que Dios le ha inspirado que es mejor que se dirija a Bilbao. Ya tenemos el hilo de la madeja de Mª Josefa muy enrollado, y retorcido. ¿Cómo ha inspirado Dios eso a este sacerdote? Eso, El sabrá, porque les cambia los planes. Pero el caso es que D. Domingo Retolaza conoce a uno de los cuatro párrocos de Bilbao, y sabe que él les puede ayudar. Y sabe que en Bilbao su proyecto de asistencia a los enfermos, será muy necesario. Vamos a dar una ayuda a estas jóvenes. Si intentan hacer una fundación, nadie mejor que el párroco de San Antón, D. Mariano José de Ibargüengoitia, está en condiciones de ayudarles.

De algún modo, los dos sacerdotes se han puesto en contacto, porque cuando días más tarde, Mª Josefa y sus dos primeras compañeras llegarán a Bilbao, encontrarán en la estación a alguien que les espera. Es una mujer, que les ayuda a recoger el equipaje, qué seguro que no sería muy grande, pues estaban sin blanca. Y que les lleva a dormir a su casa. ¿Y quién es esta señora providencial, ha caído del cielo? Claro que no. Es la hermana de la sirvienta de D. Mariano, que informado por su amigo D. Domingo, está actuando de hilo conductor de los planes de Dios. Y que les espera en la parroquia para conocer sus proyectos. Así de sencillo.

El día de Santiago, 25 de julio de 1871, empieza la relación de las futuras Siervas de Jesús con D. Mariano José de Ibargüengoitia. Una relación que no se ha interrumpido nunca hasta la actualidad. El será la mano providencial que ayudará a crecer la pequeña plantita que Dios ha sembrado en el alma de una joven sencilla; quien dará forma canónica y espiritual a la congregación; quien formará generaciones de Siervas de Jesús en el carisma de Amor y Sacrificio que Mª Josefa desea que vivan todas, y quien finalmente, caminará con ella rumbo a la santidad.
Para ello, Dios se ha servido de pequeños acontecimientos. Como hace con todos nosotros: Un día en que las cosas nos salen mal, un cambio de planes inesperado que nos lo pone todo de cabeza, pero allí es donde tenemos que buscar y esperar la voz escondida que nos dice: No tengas miedo, porque YO estoy contigo. Y nuestro Hilo de Oro personal puede seguir su camino sin tropiezos (hasta el próximo contratiempo, naturalmente). Solo es cuestión de fiarse de la mano que nos guía.

Y naturalmente, feliz Navidad a todos, aunque sean tiempos de pandemia. Aparecerá la luz al final del túnel, también para nosotros.

Sor Itziar Elguea Isasi, Sierva de Jesús

Noviembre 2020

Superando escollos

En el siglo XIX, había pocos acontecimientos en la vida de una pequeña ciudad. A los 10 años, Mª Josefa hará su primera Comunión, y de ese primer encuentro con Cristo en la Eucaristía, le quedó una huella indeleble que nunca olvidará. Jesús se va convirtiendo paulatinamente en Alguien fundamental para ella.
Su madre Petra quiere que su hija adquiera algo de experiencia de la vida, y a los 15 años la envía a Madrid, a casa de su prima Sinforosa, para que, al contacto con la capital de España, Mª Josefa vuelva a Vitoria madura y con las ideas claras para su porvenir. Y así es, pues tres años más tarde, a su regreso, la joven vitoriana tiene ya claro lo que piensa hacer en su vida: Dios le llama a dedicarse a su servicio. Lo que no tiene claro, es donde, y eso lo tendrá que descubrir.

Después de un discernimiento, y de la ayuda de sacerdotes, se decide por la vida contemplativa. Pero aquí se complica la trama, porque en 1863 su Hilo de Oro tropieza con la terrible enfermedad del tifus, que la pone al borde de la muerte. Como hasta 1928, los antibióticos no se descubrirán, la vida de muchos enfermos correrá serio peligro, como la de Mª Josefa.

Superado este escollo, vendrán otros. La inseguridad política le hace cambiar de planes y decidirse por la vida apostólica, en una joven Congregación, que apenas comienza su andadura, con sus luces y sombras. No todo es fácil en la vida, hay que tomar decisiones que comprometen, y de las que se verán las consecuencias en un futuro próximo. Confiando en Dios, dará los pasos necesarios, pero algo por dentro le dice que Dios le pide otra cosa, algo que aún no ha descubierto.

Mª Josefa no quiere obrar por su cuenta. Pide ayuda a su superiora, Santa Soledad Torres, y al confesor de la Reina, San Antonio Mª Claret, que después de meditarlo, le asegura que Dios la tiene reservado algo para lo que menos piensa. Mientras tanto, se ejercita en el apostolado con los enfermos, los pobres, los apestados, los últimos y más necesitados.
Ella espera la hora de Dios, que sabe que llegará. ¿Cuándo? No lo sabe, pero está segura. Y esa hora llega: Junto con otras cuatro compañeras, deciden fundar una nueva Congregación, que responda a lo que sienten que el Señor les inspira. Es una joven de 29 años. No es inexperta, ni precipitada. Tiene conocimiento de lo que es la enfermedad, la necesidad de los pobres, la soledad de los ancianos, el abandono de los niños solos en las calles.

Abandonando la Congregación de las Siervas de María, a la que han pertenecido hasta entonces, darán inicio a una nueva obra de Dios en la Iglesia, una obra que está segura que nace del Corazón de Cristo. Y vuelve a la casa de la prima Sinforosa para empezar a dar forma al proyecto que le bulle en el corazón.
Y como toda mujer que intenta comenzar algo nuevo, empieza desde abajo, buscando poner cimientos sólidos, en buena roca, para que su edificio no se vaya al suelo al primer vendaval, sino que resista las tormentas y huracanes que seguro le vendrán encima. Y otra vez pide asesoramiento y busca quien le pueda dar luz en este nuevo camino que ha empezado a recorrer.

Mª Josefa no se asusta por los escollos de la vida, pero tampoco los toma a la ligera. Ella quiere ser fiel a la voz de Dios, y para ello está abierta a cumplir su voluntad. Y trabajará toda su vida por ello. Pasará por trabajos, oscuridades, guerras y epidemias. Y su Hilo de Oro le irá guiando silenciosamente, como sin darse cuenta, agarrada a la mano de un Dios que nunca defrauda.

Sor Itziar Elguea Isasi, Sierva de Jesús

Octubre 2020

Asomándose a la vida

Nuestra protagonista, joven y buscando un objetivo en su vida, encuentra en su familia el cauce natural para desarrollar su talento y sus iniciativas. Sabemos poco de los años siguientes de Mª Josefa. Recuperada de su accidente por la intervención de San Miguel, la vida sigue su curso. Vendrán a la vida sus dos hermanas, aunque una de ellas solo vivirá pocos meses. Y como todo niño, hará sus primeros descubrimientos de un mundo que se encuentra con solo abrir la puerta de casa.

Los paseos por las calles del casco viejo de Vitoria, las visitas a las Hermanas de la ama, religiosas en el cercano monasterio de las Clarisas, y el explorar los rincones de la hermosa almendra medieval en donde se encontraba su casa, fueron sustituidos pronto por otro escenario inesperado: el de la escuela. Un vuelco en la vida de todo chiquillo, que tiene que adaptarse a un horario, una disciplina, unos compañeros. Mª Josefa entró de lleno en su nuevo mundo, y no muy contenta que digamos, pues el ruido y el barullo de los otros niños, no era muy de acuerdo a su temperamento tranquilo y reposado. Pero tenía que aprender para su formación en la vida. En eso, su madre, Petra, tenía las ideas muy claras: aprender a leer, escribir bien, y sobre todo, las cuatro reglas, imprescindibles para toda mujer, que está llamada a llevar en el futuro la economía domestica de su hogar. Y luego otras cosas también imprescindibles, como coser, tejer, cocinar y limpiar. Un plan de formación integral que no tenía desperdicio, y que al terminar, la dejará en posesión de unas habilidades y conocimientos adecuados para poder enfrentarse a la vida.

Mª Josefa estaba de acuerdo con el programa de su madre…aunque negoció algunas formas: si aprendía pronto los conocimientos intelectuales, los prácticos los podría adquirir en casa, al lado de ella, que era buena instructora. A Petra no le pareció mal la propuesta. Y Mª Josefa aprendió rápido y bien las cuatro reglas, la lectura y escritura. Seguido, la segunda parte en casa era coser y cantar.
Vaya, que bien se va trenzando el Hilo de Oro de Mª Josefa. Parece que no hay tropiezos. Pero no es así. Nuestra pequeña protagonista tiene siete años, es la primogénita de la familia, y sus padres son jóvenes que cuidan a sus dos hijas. Pero inesperadamente sobreviene un trágico incidente: Bernabé sufre un derrame cerebral que le lleva a la muerte, dejando a su familia sumida en la más profunda desolación. ¿Cómo ha sucedido tan terrible acontecimiento? Las enfermedades no vienen con un libro de instrucciones, ni explican cómo afrontar situaciones altamente duras de sobrellevar. Quienes padecen sus consecuencias, tendrán que encontrar recursos para poder seguir la vida, aunque sea en medio del dolor y de las carencias en que quedan por la falta de la persona que muchas veces era quien sostenía el hogar.

Ese es el marco en que se desenvolverá la vida de Mª Josefa en adelante. Al lado de su madre y de su hermana pequeña, aprenderá otras asignaturas prácticas de la vida, que nadie te enseña, pero que poco a poco van entrando en la vida, en silencio, sin ruidos y que van moldeando la escultura de nuestra existencia, quitando lo que “sobra” al bloque del que saldrá la obra de arte que se encuentra escondido dentro.
Y también dentro de esa obra de arte que será la vida de Mª Josefa, se va devanando su Hilo de Oro. Ese hilo sutil, escondido, que pasa desapercibido a los ojos de la mayoría de las personas, pero que está muy presente en nuestro ADN espiritual, con el que todos venimos al mundo, y que es pieza clave en nuestra existencia.

Sor Itziar Elguea Isasi, Sierva de Jesús

Septiembre 2020

Nuestros pequeños grandes pasos

A lo largo de este año jubilar de nuestros primeros 150 años de vida en la Iglesia, iremos siguiendo las trazas de los Hilos de Oro que lo han hecho posible. Porque los Hilos de Oro suelen empezar su andadura de una manera muy silenciosa y humilde, casi se diría, sin darnos cuenta. El maestro tejedor es siempre discreto, y se las arregla para que el entramado del tapiz progrese de forma sencilla, y sin alborotos.
El primer Hilo de Oro del tapiz de las Siervas de Jesús, el maestro tejedor lo colocó en un taller humilde y que, en apariencia, no tenía nada que ver con la urdimbre textil. Era un taller de sillas de enea, y allí, lo que había eran garlopas, cuerdas, mimbres y otros utensilios, de apariencia bastos.
Pero allí estaba el Hilo de Oro que nos puso en marcha. En la hija del sillero, una niña pequeña, en una ciudad pequeña, en una vida sin relieve aparente. ¿Por qué será que los Hilos de Oro se encuentran tan escondidos? Y, además, van devanándose sin ruido.

En esa niña, a la que sus padres llamaron Mª Josefa en el bautismo, todo en su vida corre normalmente. Tan normal que nada hace pensar que será algo muy grande dentro de unos años. Pero ahora, en la segunda mitad del siglo XIX, solo se aprecia el conjunto de la madeja. Y esa madeja va a necesitar ser pronto reparada.
Mª Josefa es pequeña aún, no ha cumplido tres años, no es especialmente revoltosa, pero si exploradora de su entorno, como todos los niños del mundo, nosotros incluidos. Esas exploraciones no suelen ser difíciles para ningún niño, pero…como no siempre se calculan los posibles riesgos, pueden venir malas consecuencias.

Al grano. Mª Josefa se subió a un banco en un momento de descuido de quien la cuidaba, y ¡zas! Se fue al suelo con mala suerte. Dicen que los niños están hechos de goma, y que los golpes y caídas les hacen poco daño. Pero en nuestro caso, no fue así. Mª Josefa se había roto las piernas, el golpe había sido más serio de lo que parecía.
Sus padres buscaron inmediatamente ayuda médica. Pero no parece que les dieron muchas esperanzas. Y aquí vemos la mano del tejedor que trata de recomponer el Hilo de Oro de la vida de Mª Josefa. Una vida que tiene para él mucha importancia, porque la pequeña está destinada a convertirse en tejedora de otros Hilos de Oro que se le irán acercando en un futuro no demasiado lejano.

La sierra de Aralar no está muy lejos de Vitoria, la cuna de Mª Josefa. Y todo vasco lleva dentro un montañero. El sillero Bernabé toma en brazos a su pequeña, y con su mujer Petra al lado, emprende el camino de los altos en cuya cima está la ermita de San Miguel. Dentro se encuentran las cadenas que Teodosio de Goñi llevó a la cintura en penitencia por el asesinato de sus padres, hasta que se rompieron en señal del perdón de Dios. Llegados allí por las trochas y vericuetos de montaña, los afligidos padres colocaron a la niña debajo de las cadenas, animándola a ponerse en pie y andar.

Mª Josefa se levantó del suelo, y recorrió sin dificultad los pasos que su aitatxo le animaba a dar. Había sanado. Su Hilo de Oro se podía seguir tejiendo a lo largo de los años que siguieron hasta hacerse mujer. Entonces será ella la que va a tomar las riendas de su existencia. Y será un foco de luz y vida para tantos que lo necesitan. Pero todo eso, ella no lo sabe. En este momento es una niña que vive feliz con sus padres y pronto, también con sus hermanas, hasta que el destino, o mejor, la Providencia, le vaya señalando la ruta.

Sor Itziar Elguea Isasi, Sierva de Jesús

Agosto 2020

Cuando todo empieza

Nosotros somos criaturas finitas. Es decir, que nuestra vida tiene un principio y un final. Y toda ella está envuelta o rodeada de circunstancias especiales, únicas, que se van desarrollando como una madeja que devanamos para que pueda participar en el trabajo que estamos llevando a cabo.

Dentro de esa madeja, de las circunstancias y acontecimientos que forman nuestra vida, está nuestro particular Hilo de Oro. Naturalmente, al formar parte del todo de la madeja, está entrelazado con otros muchos hilos, enmarañado incluso, a veces lleno de nudos, muy enredado, incluso sucio. Pero siempre presente.

A veces, puede parecer que se ha roto, incluso que lo han cortado con un tijeretazo inoportuno o premeditado. Y la madeja puede complicarse del todo, pues le falta ese hilo maestro que la hace estable. ¿Qué hacer? ¿Desechar nuestra madeja? Pudiera parecer la solución más rápida, pero ¡alto! Quizá no sea la más conveniente. Los expertos tejedores tienen mil soluciones y argucias para reparar estos frecuentes desaguisados que ocurren, y que muchas veces, son causados por la inexperiencia o torpeza de nuestras manos, a veces jóvenes y poco acostumbradas al manejo de Hilos de Oro.
Cuando comprobamos que solos no podemos salir del atolladero, lo mejor es pedir ayuda. Si lo hacemos, entonces, el maestro tejedor interviene en nuestro trabajo. Con mano delicada, para no romper otros hilos, busca pacientemente nuestro Hilo de Oro, para unir los dos cabos en donde estaba la rotura, y poner nuevamente en marcha nuestra madeja.
Seguramente esto no solo ocurrirá una vez, sino varias. Si después de una experiencia de descalabradura de madeja, recurrimos al maestro, y vemos un buen resultado, podemos tener la confianza de que su experiencia y destreza nos ayudará a salir de apuros e iremos aprendiendo a manejar cada vez mejor el delicado Hilo de Oro.

Unas veces lo hará personalmente. Otras, nos insinuará donde podemos encontrar el fallo, y el modo en que podamos repararlo con nuestros propios recursos. Otras veces nos indicará si algún otro tejedor compañero puede echarnos una mano. Y de este modo, iremos devanado nuestra madeja y componiendo el tapiz de nuestra vida sin perder de vista ese Hilo de Oro que le va dando forma.
Al final, cuando el tapiz esté terminado, será el maestro tejedor quien venga a revisar nuestro trabajo, enmendar los errores, y rematar la obra con mano maestra. Y tomado el cabo final de nuestro Hilo de Oro, el mismo, con su mano, la firmará poniendo nuestro nombre.

Lo que puede parecer un cuento, no lo es en realidad. Es la metáfora de nuestra vida, y de todas las vidas que han sido y serán en el mundo. Con ellas se van formando los maravillosos cuadros que el Artista eterno quiere hacer con sus criaturas. Y a todas nos pide nuestra colaboración. En mil tareas y formas. A todos nos tiene destinados para ser Hilos de Oro brillantes en sus obras, no importa el grosor ni la duración del hilo. Basta que no pongamos obstáculos, aprendamos a soltar los nudos, los enganchones del hilo, y seguir formando la trama.

El nos dará las pautas a seguir en el dibujo, y las formas de lo que desea que hagamos con nuestra labor. Esa colaboración nos sorprenderá, pues cuando llegaremos a descubrir la totalidad del tapiz del que hemos formado parte, veremos que nuestro pequeño Hilo de Oro era imprescindible para la belleza de todo el conjunto.

Sor Itziar Elguea Isasi, Sierva de Jesús

Con motivo del 150 aniversario de fundación de las RR. Siervas de Jesús de la Caridad, haremos un recorrido por nuestra historia congregacional de la mano de Sor Itziar Elguea. Un maravilloso itinerario llamado “Hilo de Oro”.

Hilo de Oro

Cuando miramos un acontecimiento cualquiera, y sin necesidad de tener una vista de águila, podremos darnos cuenta de que “algo” serpentea por los entresijos que forman el objeto de nuestra curiosidad, por llamarlo de alguna manera, como si fuera el “leiv motiv” de todo ello.

De ese mismo modo, si nos fijamos en nosotros mismos, en nuestra propia vida, no tardaremos en descubrir ese “algo” que va dando forma a nuestros pensamientos, vivencias, etc. Y que es lo que marca el camino que recorremos.
Es por eso, que creo que todos tenemos nuestro “Hilo de Oro”, una razón que nos va guiando casi imperceptiblemente por todo nuestro existir. Y que endereza lo torcido, abre puertas desconocidas que hasta entonces se mantenían cerradas o simplemente eran desconocidas para nosotros. Cuantas veces, seguimos un ideal, un sueño, o quizá una quimera. Las cosas se tuercen y retuercen, seguimos por aquí y por allá, volvemos atrás, tomamos una nueva ruta, nos topamos con un muro o un callejón sin salida. ¿Qué hacer? Algo nos dice que lo mejor era volver a cierto punto en que quizá se pudiera hallar salida a esa situación. Lo pensamos, nos desanimamos, y después de muchas vacilaciones, nos decidimos.

Y allí estaba la solución. Inesperadamente vemos luces que no habíamos percibido anteriormente, nos sentimos con fuerzas con las que no contábamos, y somos capaces de colocar las piezas de nuestro puzle en un santiamén, siguiendo los cauces que nos marca el sendero tenue al que no habíamos dado importancia anteriormente.

Ese sendero tenue, esa pieza insignificante que todo lo pone en su sitio, es nuestro “Hilo de Oro”. Es la fuerza que nos recoloca, que nos pone en nuestro sitio, y nos abre los ojos a un panorama desconocido, pero a la vez hermoso y atrayente, aun cuando tenga sus riesgos y trabajos.
Una vez en el comienzo de nuestro “Hilo de Oro”, las cosas cambian. ¿Todo fácil? De ningún modo. Hay asperezas, disgustos, sufrimientos, pero sabemos que es el camino de nuestra vida, y por el que debemos seguir adelante, trabajando constantemente en vencer los retos que se nos van apareciendo. Y cuando se tiene la seguridad de estar en el camino verdadero, nos sentimos con fuerzas y entusiasmo para seguirlo.

Alguien que trabajó y lucho por seguir el “Hilo de Oro” de su vida, fue Santa María Josefa. Como todos nosotros, necesitó encontrarlo, ya que también, como nos ocurre también a nosotros, estaba mezclado y envuelto en muchos otros hilos, que no le dejaban mostrar su brillo, y esa opacidad la obligó a trabajar para desentrañarlo, desprenderlo de cuanto lo ocultaba, y una vez en posesión de él, seguirlo resueltamente.

El Hilo de Oro siempre es la voluntad de Dios. Los caminos de la Providencia. El plan especial que el Señor nos ha trazado a cada uno. Solo nosotros lo podemos cumplir. Es personal e intransferible. Quedará eternamente vacío si nuestro egoísmo, comodidad, cobardía y tantos otros miedos, nos bloquean para no llevarlo a cabo.
Pero también será fuente constante de alegría y gozo, porque ¿Quién es el que tiene los dos cabos de nuestro Hilo de Oro? Dios, el Eterno infinito inmutable, que es seguro y firme, bueno, poderoso, y nos ama como el Padre que es.
Celebramos los 150 años de la fundación de la Congregación. Un maravilloso “Hilo de Oro” en el que todas estamos enroladas, con un fin que sabemos merece la pena. A lo largo de este año, podemos ir descubriéndole y conociéndole.

Sor Itziar Elguea Isasi, Sierva de Jesús

Julio 2020

Portafolio

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